9 meses en el núcleo La Azulita de El Sistema

Corrían los días por allá en 2006 la primera vez que atravesé una selva nublada, camino a La Azulita, un pequeño pueblo que agrupaba a su vez un conjunto de aldeas en los Andes venezolanos merideños. Yo era muy joven y éste era mi primer viaje al país que me acogería durante 7 maravillosos años. Podría decir que era la primera vez que subía en un jeep 4×4 y atravesaba carreteras difíciles y pistas de tierra. Un recorrido tortuoso de 2 horas y media, peligroso en ciertos puntos en que la carretera se desprendía y donde no había cobertura, que en los sucesivos meses recorrería en “buseta”.

Fui miembro de la primera plantilla del recién inaugurado núcleo del Sistema en aquel pequeño pueblo, en el que la alcaldía asumía la mitad de la responsabilidad. Me fascinó ver cómo era posible una escuela de música tan diferente de la que yo había vivido: instrumentos que se prestaban a los niños, la implicación y ganas del alcalde y la directora del núcleo, Nancy Chacín, y sobre todo la ilusión y energía inagotables de los niños y adolescentes que se inscribieron y que fueron llegando sucesivamente.

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Viajaba los fines de semana y me quedaba allí sábado y domingo. Daba clase de violín y tenía una lista de alumnos asignada. Pero como son las cosas en Venezuela -móviles, cambiantes, inciertas, sorprendentes, divertidas- al final se daba clase colectiva, apoyo de ensayo en orquesta y clase de lenguaje musical dentro de algunas clases de violín. A veces pasaban de dos en dos, otras llegaban emocionados al haberse aprendido alguna canción en pareja o solos, otras querían entrar de oyentes a escuchar a sus amigos o hermanos. Recuerdo una clase en la que ya había caído la noche y estaba con 5 alumnos entre los 9 y los 11 años trabajando un pasaje que no salía. Les hice caminar, cantar, agarrarse de la mano, bailar con el violín. Era muy difícil distinguir si estábamos jugando, viendo clase, ensayando o celebrando no se sabe muy bien qué. Creo que todo junto. Las risas, los cantos, mis voces marcando el ritmo y los pisotones en el suelo se oían desde fuera, como más tarde nos comunicó la directora, feliz de vernos tan felices. Nunca se me olvidará esa clase.

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Al terminar se iban juntos, hechos amigos (o más amigos), cuidándose –aunque a veces peleándose. Era increíble la integración y el cuidado de unos a otros entre edades tan distintas. Se solían tratar con muchísimo respeto y cariño, igual que a mí. Me sentí, puedo decirlo con total rotundidad, en COMUNIDAD por primera vez en mi vida. Ahí es donde mi sueño se materializaba y donde una fe en que “otra forma de hacer las cosas y otro mundo es posible” se renovó del todo.

Cumplí mi deseo de vivir la enseñanza de la música de una manera divertida, relajada, llena de cariño, donde la colaboración imperaba y donde el objetivo era, ante todo, el bienestar de los niños. He de decir que aunque yo era la profesora, me enseñaron más a mí todos mis alumnos y los que no eran mis alumnos, otros profes compañeros (siempre recordaré a Francis), la directora y muchos de los padres. Vi cómo aquella escuela de música constituía mucho más que eso, más bien, constaté que lo que realmente era es un centro social a donde iban a hacer amigos, donde se echaban novio/a, donde ensayaban con los profes u otros compañeros, donde se desarrollaban ellos mismos y sus capacidades, donde alimentaban sueños… Era hermoso ver cómo cuando se organizaba un pequeño concierto –el primero a los tres meses de arrancar- se movilizaba toda la comunidad con una ilusión que verdaderamente convertía un pequeño concierto en un acontecimiento maravilloso y absolutamente trascendental en las vidas de los alumnos y sus familias.

musica venezuela

También supuso un orgullo ver cómo algunos de estos niños convertían el instrumento en su principal herramienta de expresión, avanzando muy rápido y participando más adelante en la orquesta regional del Estado Mérida. Me daban envidia. Ser su profe significaba mezclarme con ellos, ser parte de ese proceso de crecimiento… Puedo decir que, al menos en un pueblecito como éste, la escuela del sistema servía para crear tejido social, valores, y para alimentar sueños y crecer juntos.

Sin embargo, aunque esos sueños venían “de atrás”, al llegar a Venezuela, lo que buscábamos mi expareja y yo era trabajo. Estábamos recién llegados de España y nuestra idea era “formar músicos” y poder vivir de hacerlo. La parte social, aunque la apreciábamos, no la entendimos hasta estar totalmente metidos en el núcleo. Recuerdo las conversaciones entre los compañeros, unos más concienciados que otros acerca de la realidad que teníamos delante y nuestro verdadero rol, en las que algunos se quejaban especialmente de la dificultad de formar “musicalmente bien” a los niños. En algún momento alguien contestó que en un encuentro con las altas esferas se dijo claramente que el sistema era un proyecto social y que esa era la prioridad. Ese choque de posturas, más el respectivo choque cultural, esa mirada distinta, supuso uno de los problemas para el trabajo. Sobre todo por nuestra parte: la frustración de que no se avanzaba en la enseñanza de una manera ortodoxa (única manera que, al menos yo, conocía de aprender), de que no se trabajaba de forma eficiente y se perdía tiempo, etc., constituyó esa mezcla de no estar del todo “claros” acerca de “qué es lo que vamos hacer, para qué, a qué vamos a contribuir” tanto en el corto como en el largo plazo.

No obstante, no hay que perder de vista que el salario era muy bajo y las condiciones de transporte muy incómodas. Igualmente, es muy criticable el manejo del poder al interior de dicho sistema (altamente jerarquizado) que reproduce dentro de estos espacios ciertas estructuras de desigualdad. Por otra parte, tampoco debemos dejarnos llevar por la idea de que es realmente una educación musical integral. No. Se enseña lo que se necesita de cara a las actividades colectivas o de presentación, descuidando muchas veces la formación individual. Y, por supuesto, no debíamos olvidar nunca que más que ser un proyecto musical, es un proyecto social.

La mezcla de las condiciones laborales (no favorables, pues el sueldo mínimo no alcanzaba para los gastos básicos de vida) más la frustración provocada por la no sincronización de posturas y miradas del sistema y los profesores favoreció la deserción de muchos de los últimos, lo que daba lugar a cambios de personal cada dos o tres meses, con la consecuente inestabilidad para los niños y adolescentes. Al final, esta deserción en los líderes de este proyecto desembocaba en la deserción de los niños, y cuando eso ocurría, se tomaba consciencia de la importancia de tener una cabecera de profesores sólidamente comprometidos.

Independientemente de todas las críticas que se le puedan hacer a la organización, que son muchas, y de lo cuestionable de algunos funcionamientos, en el último reducto de todo este sistema, los núcleos de pueblos como La Azulita, el objetivo social se cumplía, al menos durante los 9 meses que estuve allí. Siempre recordaré a mis niños y niñas azulitenses.

DSC_1913 copiaNatalia Martín Zaballos, doctoranda en antropología, pasó 7 años en Venezuela y aporta su experiencia a DaLaNota para demostrar que los programas musicales con objetivo social son muy efectivos, pero que debemos adaptarlo a la realidad española.

 

 

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